miércoles, 14 de mayo de 2014

Te propongo un experimento muy sencillo. Únicamente vas a necesitar una hoja en blanco y un rotulador o boli.
Debes hacer dos marcas en el papel, con una separación de unos 10 o 12 centímetros entre ellas. Para que te hagas una idea, algo como las marcas de la siguiente imagen.



La imagen representa un papel donde se han hecho dos cruces negras separadas por unos 10 cm aproximadamente (no hagas ningún trazo azul).
El experimento ahora es muy sencillo. Se trata de que cierres el ojo izquierdo y sitúes el papel a un palmo de ti, situando la equis de más a la izquierda enfrente de tu ojo derecho. La otra marca del papel estará situada a hora a la derecha de tu ojo derecho. En este momento podrás ver las dos marcas que has hecho en el papel claramente.
Bien, hasta aquí no hay misterio, es lo que esperabas, y probablemente estés pensando, menuda pérdida de tiempo, ¿a dónde quiere llegar?
Ahora aleja lentamente el papel que sujetas con tus manos manteniendo tu mirada fija en la equis de la izquierda.
Venga, haz la prueba antes de seguir leyendo.
¿Notas que en algún momento ha pasado algo? Ups! ¡¡Tienes un punto muerto en el ojo derecho!! y no te creas que es el único, que en el ojo izquierdo tienes otro punto muerto.
Quizás te preguntes cómo puede ser que no te hayas dado cuenta en todos estos años. La verdad es que los puntos muertos de cada ojo están situados en distintos puntos del campo visual, y un ojo ve lo que el otro no ve.
Esta zona del polo posterior del ojo (punto ciego) carece de células sensibles a la luz, tanto de conos como de bastones, perdiendo así toda la sensibilidad óptica. Normalmente no percibimos su existencia debido a que el punto ciego de un ojo es suplido por la información visual que nos proporciona el otro. También es difícil percibirlo con un sólo ojo, ya que ante la falta de información visual en la zona del punto ciego, el cerebro recrea virtualmente y rellena esa pequeña área en relación al entorno visual que la rodea.

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